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manifiesto

agosto 24, 2008

Hace mucho tiempo que los emblemas de la baja cultura han ingresado en las salas de los museos, y se han apilado como escurridores de botellas o cajas de jabón en polvo, disputando espacios y opiniones a los artefactos tradicionales del arte.

Constituyen una de las regiones más innovativas e inesperadas del siglo veinte, una geografía durante siglos incógnita, revelada por las huestes duchampianas, precedidas y perseguidas por otras expediciones: dada y pop, futuristas, surreales y tantos otros. Distintas tácticas del collage y el fragmento, arqueologías proyectuales amasadas con los residuos inciales y filosóficos de lo estrictamente útil. La estrategia del ready-made es uno de los principios fundantes de todo lo que sigue y atraviesa con gran salud este abismo del milenio. Trozos contaminantes o descontaminados de ecosistemas artificiales, naturaleza de los post-industriales, materia inerte no-degradable de nuestra opresiva semiósfera. Tomar lo existente y conferir nuevos usos y sentidos.

La propuesta es una experiencia de alumnos en una búsqueda que es a la vez mirada casual, descripción, taxonomía. Es también un intento formal de experimentar el reciclado como metódo para el diseño de un repertorio de signos tipográficos. La ciudad, la gran ciudad, compleja, injusta, gratificante, es la base de datos. A través de ella, un enjambre de escrutadores a la caza de letras.

El ojo en la calle. Ojo intencionado, ávido de encuentros, destilando instintos visuales en cada toma fotográfica, llevando a cabo el postulado picassiano del “yo no busco, encuentro”. Dinámica del hallazgo, de lo inesperado.

Un ojo recolector de signos, un organizador para la tribu, la tribu tipográfica: sistema de signos inestable, vínculos formales laxos, sin la estrictez de una fuente de autor. Asociaciones provisorias o urgentes, ensambles de partes con rebabas a la vista, ensayos extremos de la legibilidad o la convivencia morfológica. Una tribu tipográfica no es el producto perfecto de un proceso de diseño. Es el intento mismo. Es la operación la que se exhibe en su inestabilidad, tránsito hacia una consistencia que no se alcanza, no definitivamente. Una familia en ciernes, que posterga indefinidamente su pasada en limpio. Híbridos y fusiones, monstruos estéticos o funcionales, miradas de signos proscriptos por las buenas costumbres, se agrupan en repertorios que se lanzan a un mercado ávido de novedades. Lo espúreo, lo incorrecto, lo degradado. Todos son avatares de lo ya existente, de lo real que nos precede y nos ofende, lo que no obedece. Chicos-letras de la calle. Chapa y neones, aerosol y piedra incisa. Diurnas y nocturnas.
Diferentes materiales y soportes reescriben el alfabeto, hacen de los signos cosas. La mirada fotográfica capta y distorsiona, guarda rasgos y olvida otros. Apropiación a través de la imagen, que se convierte en origen visual de un nuevo signo. Proceso, de diseño, inverso, inductivo, en el que las leyes se elaboran a partir de los hechos. Clasificar, comparar, encontrar compatibilidades.

La tribu tipográfica se va construyendo por partes, ensamblando cada signo en una trama que le dé sentido y pertenencia.
Experimentar en un entorno propio, la Ciudad. Engendrar nuevos idiomas tipográficos a partir de fragmentos, de elementos parciales: esta A, esa B, aquella D. Moléculas indestructibles, que conservan su identidad alfabética a pesar de todo. Cada alumno intenta su tribu. Cada tribu es un relato de intuiciones crecientes, de pruebas y errores. También de aciertos y distracciones.

Recuperación del sabor extraño de cada signo, cada palabra, cada frase. Signos e imágenes, que también son signos. Intervención. Diálogo ideográfico entre la fotografía y el diseño, entre la mirada urbana y el habla urbana. Un texto hecho de voces personales, de citas de autores favoritos, de ojos atentos al detalle y de otros fascinados por los grandes relatos. Un banco de pruebas para testear fuentes experimentales, para permitirse escribir según cánones privados, cada autor exhibiendo su idioma local hecho de retazos del todo.

La era digital nos devuelve, paradójicamente, la posibilidad -el placer- de acuñar nuestros códigos de escritura propios, reconvirtiendo el motor de la galaxia Gutenberg, la tipografía, en un medio de comunicación y expresión individual, como los trazos inimitables de cada mano, como el tono de una voz.
Bitácora de un viaje urbano a la búsqueda de nuevas especies de lo tipográfico, invitación a una mirada no obvia, tropezando con una cuadrilla de signos trabajando, sorprendidos en su milenario oficio: escribir las palabras de los hombres.

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